Cuando alguien muere, el cuerpo físico y el alma se separan. El primero permanece bajo tierra o en las partículas del aire. El segundo, algo mucho más complejo, pasa a una dimensión paralela tan lejana que no todos llegan a ella; el llamado paraíso. Un lugar en dónde las almas buenas van a descansar por la eternidad, o hasta que sean enviadas a su siguiente vida. Hay muchas versiones acerca del paraíso, pero todas se resumen a una: paz.Algunas almas malvadas o incluso lo suficientemente traviesas son arrojadas al infierno, a la miseria eterna. Castigados por sus pecados, o sus aborrecedores actos contra la humanidad. También hay muchas versiones sobre el infierno, y todas se resumen a una: tortura.
Cuando alguien muere, el alma, al separarse del cuerpo puede permanecer atada a la Tierra, a su viejo hogar y todos sus recuerdos. O bien, la venganza y el sufrimiento puede atarle.
Cuando alguien muere, el cuerpo físico lleno de energía se apaga para siempre y lo que nos mantenía viviendo, esa energía latente, se transforma. Pasamos a ser parte de cada objeto y persona que construye la vida de la Tierra. Formando parte de los árboles, del viento, del pasto hasta incluso de un movimiento sutil de cabello.
Cuando alguien muere, también puede dejar de existir, para siempre.Cuando alguien muere, el alma, al separarse del cuerpo puede permanecer atada a la Tierra, a su viejo hogar y todos sus recuerdos. O bien, la venganza y el sufrimiento puede atarle.Cuando alguien muere, el cuerpo físico lleno de energía se apaga para siempre y lo que nos mantenía viviendo, esa energía latente, se transforma. Pasamos a ser parte de cada objeto y persona que construye la vida de la Tierra. Formando parte de los árboles, del viento, del pasto hasta incluso de un movimiento sutil de cabello.Cuando alguien muere, también puede dejar de existir, para siempre.
martes, 9 de diciembre de 2014
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