Cuando una tiene diecinueve se espera que los encuentros sexuales sean torpes y carente de emociones que llenen el alma. Que las relaciones -a pesar de que nos guste la otra persona- sean monótonas, dejando una leve impresión en nuestras vidas.
Nada serio se espera a los diecinueve, hasta que algo terrible nos sucede y no hay vuelta atrás.
Si alguien nos dice "deja de buscar, vendrá solo" debemos hacer caso, no por obligación ni por sumisas, sino porque es una cruel verdad.
Pero para hablar sinceramente del amor hay que admitir que a menudo ocurren cosas extrañas de las cuales no hay explicación coherente. No debemos echarle la culpa al destino, al mismo amor, a las demás personas, y por último aunque no menos importante, la mala suerte. Y por supuesto, Dios. Las cosas pasan porque así tienen que pasar, y sólo nosotros, únicamente nosotros con nuestras exigencias y complicaciones somos culpables de arruinar algo tan frágil y bonito como el amor.
Nosotras, las mujeres libertinas, buscamos quemarnos en el fuego del amor y consumirnos en las llamas de la pasión, pretendiendo salir ilesas.
Pero déjenme decirles que a los diecinueve es una edad inconveniente para enamorarse. Todavía hay mucho que ver, que experimentar. Apenas comenzamos a vivir cuando alguien llega, nos quita el aliento, n os derrite con la mirada, nos desestabiliza mental y emocionalmente para luego irse y fingir que solo fue una aventura. Desconsiderado y descarado!
Sin embargo, tendemos a olvidarnos que el amor verdadero raramente es correspondido.
sábado, 17 de enero de 2015
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